miércoles, 22 de abril de 2015

Silencio como alimento de vida



UN CUENTO PARA INICIAR
“Había una vez un hombre a quien ver su propia sombra lo contrariaba tanto que era tan infeliz con sus propios pasos que decidió dejarlos atrás. Se dijo a sí mismo: simplemente me alejo de ellos. De tal modo se levantó y se fue. Pero cada vez que apoyaba un pie y daba un paso, su sombra fácilmente lo seguía. Entonces se dijo: “Debo caminar más rápido”. Caminó entonces más y más rápido, caminó hasta caer muerto. Si simplemente hubiera caminado hacia la sombra de un árbol, él se habría deshecho de su sombra. Pero no se le ocurrió”
NUESTROS TIEMPOS
Esta es la situación de mucha gente de nuestros tiempos. Estos tiempos no son ni mejores ni peores. Son sólo tiempos diferentes. Nuestros tiempos tienen muchos aspectos buenos: la sensibilidad hacia los derechos humanos, el emerger de la mujer como sujeto de la historia; el sentido de solidaridad internacional; la búsqueda del bienestar y de la dignidad humana, el paso del régimen la razón a la preocupación por los procesos afectivos. En el plano religioso, se despierta una profunda sensibilidad por lo trascendente y lo simbólico…
Sin embargo, nuestros tiempos albergan también rasgos problemáticos. Parafraseando a José Ortega y Gasset, podemos decir que “lo único que sabemos es que no sabemos que es lo que está pasando. Sólo sabemos que hay crisis”. Una de las características de esta crisis es el reduccionismo antropológico en el que la persona humana viene vista y tratada como un conjunto de necesidades primarias y fisiológicas que representan un intercambio entre el sujeto y su ambiente (comida, casa, ropa, respiración, bebida, sueño…) No hay duda que estas necesidades son indispensables para la supervivencia...
Pero, el hombre de nuestros tiempos debe aceptar que, a parte sus necesidades primarias, tiene también otros tipos de necesidades, las psicológicas, sociales, existenciales y espirituales. De entre ellas, hoy quiero citar una, la necesidad que tenemos todos, de silencio, descanso, encuentro consigo mismo, necesidad que satisfacer a través del silencio y de la contemplación.
EL CAMINO HACIA LA EXTERIORIZACIÓN
La persona humana inicia su vida con nueve meses de silencio completo en el seno de su madre. Y la termina con una eternidad de silencio en el seno de la madre tierra, de la naturaleza (en el seno de la madre Dios, para los creyentes) Este silencio no es un tiempo de inactividad. En este momento el infante no usa sus sentidos, pero está en relación profunda con todo lo que lo circunda. Es allí que se prepara para enfrentar los más de cien años que le tocan vivir.
Cuando el hombre se despertó a la existencia estaba, a la vez, totalmente presente a sí mismo y al mundo. Tenía una conciencia directa de sí mismo. Su presencia en el mundo era silenciosa. Poco a poco el mundo exterior, inmediatamente fue imponiéndose a su conciencia. Se hizo así cada vez más distraído, ausente de sí y del mundo real. Al ir llenándose de cosas, fue perdiendo conciencia de su propia intimidad y profundidad. Se inició así el proceso de “desinteriorización-exteriorización”, desde el primitivo y profundo núcleo silencioso
Esta ida hacia fuera se caracteriza por:
- un camino de desposesión interior y de cosificación (alineación donde la persona vive fuera de sí).
- una reconstrucción propia desde a fuera, creando así un hombre exteriorizado y ruidoso. Al respecto, decía Pablo VI: “nosotros, hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa, e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella” .
Con ello, el hombre se va proyectando hacia el exterior, saliendo y alejándose de su centro. Así cada vez, sabe menos quien es y qué son las cosas que lo rodean. Va ignorando su identidad, su riqueza interior, su profundidad, su naturaleza humana-divina, su misterio… El silencio sirve, entonces, para recobrar la identidad perdida.
MIEDO AL SILENCIO
El hombre de hoy elude el silencio, porque tiene miedo de su sombra y de la propia profundidad. Cada vez que intenta aventurarse en el mundo del silencio, surgen semillas del pasado, fantasías, temores, ansiedades. Los asuntos pendientes de su vida llaman a la puerta de su alcoba más íntima. En el silencio se hace presente el pasado, con situaciones, relaciones, personas, objetivos… no vividos ni asumidos, que piden de ser identificados y afrontados. El hombre tiene miedo de encontrarse consigo mismo, en un contacto directo con su profunda y verdadera situación.
Atemorizado por el estar consigo mismo, prefiere llenarse de demasiadas actividades (lectura, estudio, trabajo…) que lo distorsionan hasta romperlo. Se cansa tanto que se dispersa, se aleja de sí mismo, se separa de su corazón, y se hace extraño a sí mismo. Prefiere ahogar su mundo interior, evadir y tapar su dolorosa realidad con la ilusión de que ya no existe. Así, transcurre toda su vida: corre, corre y corre, hasta explotar.

El precio por todo esto es muy alto:
- Aparecen cada día enfermedades nuevas y extrañas, que atañen al corazón humano.
- En muchos casos, el hombre y el mundo de hoy se encuentran más deshumanizados.
- En las relaciones interpersonales hay más pobrezas y violencias
- En las casas, metro, autobuses, oficinas, escuelas… se nota siempre poca alegría, poca paz interior, poca Vida Plena …
EL RUIDO
Hoy en día, hay mucho ruido. Todos participamos de este ruido que es expresión del llamado “progreso”. Un ruido que desequilibra tanto que crea en las personas “una insuficiencia vital” que se puede traducir en preocupaciones, desequilibrios emotivos… Este ruido exterior es la proyección de nuestro mundo interior. “Los problemas externos que atormentan al hombre son, en realidad, proyecciones de los problemas internos que no fue capaz de resolver en su corazón y en su mente” . Así que el ruido interior invade el espacio exterior. Podemos afirmar así con Nicolás Caballero que “el ruido, el caos, no es la causa, ni siquiera el efecto, de la enfermedad del hombre de hoy; es la misma enfermedad” .
Hoy el hombre vive inquieto y agitado, perdiendo a sí mismo. Lo que lo lleva a la búsqueda de distracciones siempre más fuertes, para ahogar el sentido de inutilidad y de vacío existencial que lo asaltan: columnas de carros en las autopistas, discotecas super-llenas, gente en las calles para matar el tiempo… El hombre ruidoso crea distancia, consigo mismo; con el mundo de las personas; con el mundo de las cosas; con Dios.
Según un articulo publicado por John Leicester, en el diario “clarín” de Buenos Aires, Argentina, del Jueves 5 de febrero de 2004, Europa sale a combatir el ruido en las grandes ciudades, el 75% de los europeos vive sometido a niveles de ruido – de los automóviles, aviones y trenes – superiores a los aceptables que contaminan verdaderamente las ciudades y enferman a sus habitantes.
Se trata de una verdadera campaña para reducir el ruido. Y la industrialización y el transporte moderno han agravado el problema del ruido. El 75 % de la población europea, más de 376 millones de habitantes, vive en áreas urbanas, donde el nivel de ruido es el máximo.
Un 40% de los habitantes de la UE (150 millones de personas) están expuestos a un nivel de ruido por el tránsito motorizado superior a los 55 decibeles. Y un 30% es víctima de un nivel de ruido nocturno que le dificulta el sueño. Según la organización de salud de las Naciones Unidas, una prolongada exposición al ruido crónico contribuye a la hipertensión y a los males cardíacos, y puede afectar la salud mental.
UNA PREGUNTA
Frente a todo este ruido, nos preguntamos con el profesor Eugenio Fizzotti, uno de los mejores discípulos y estudiosos de Víktor Frankl: ¿qué quiere el hombre de hoy, que en el fondo es el hombre de siempre?
Nos parece que el hombre de hoy deberá iniciar por preocuparse, y esto es responsabilidad de todos, por construir un mundo que sea humano, y donde tienen todavía sentido el amor, y no solo a los demás. Ni la ciencia, con sus grandes pasos, con sus descubrimientos sensacionales, y con la ilusión de una “supervida” futura, logra hacer del “desarrollo tecnológico” un espacio de Vida Plena. Nuestra convicción es que “…el silencio es el lugar de esta construcción de “un mundo humano, un mundo de amistad, de amor, y de Vida Plena”.
NUESTRO CONCEPTO DE LA PERSONA HUMANA
La persona humana es un ser abierto. No es ni el hombre-individuo del liberalismo, ni el hombre-masa del comunismo. Es el hombre-en-relación, con Dios, con el otro y consigo mismo. La persona se realiza, llega a su plena madurez, en cuanto se pone en relación con. Porque el hombre es constitucionalmente, “relación con”. “Sólo en la relación el hombre logra ser hombre”. Vivir es entrar y estar en relación con. Como bien lo afirma Pierre Vilain: “Lo humano surge únicamente de la relación con los demás” . Sin embargo, “no hay intimidad con los demás sin intimidad con uno mismo” .
EL TIEMPO “KRONOS” Y “KAIROS”
Para los griegos, el manejo del tiempo se dividía en dos, Kronos y Kairos.
Kronos es el tiempo que se mide con el reloj, y se anota en la agenda. Es el tiempo en cuanto cantidad. Kairos es el tiempo en cuanto calidad, momento de celebración, de descanso creativo. Es el tiempo sin medida, que sirve para satisfacer y darle sentido al Kronos. Ese tiempo es menos productivo, pero muy creativo. Es el tiempo no programado, imprevisto, del día libre, de vacaciones, y de silencio. Es un espacio divino en la cotidianidad.
Mientras el Kronos dispersa, es un desgaste de energía de vida, el corazón humano necesita el tiempo Kairos para recuperarse, reunirse y rehacerse. El Kairos nos invita salir de nosotros mismos y nos da salud. Mientras más Kairos haya, menos enfermedades habrá. El Kairos nace del corazón y conduce al corazón. Nos lleva del mundo pequeño del hombre hacia el Universo. Toda la vida es una tensión entre Kronos y Kairos, una tensión que le da sentido y calidad.
ÁFRICA Y EL SILENCIO
La experiencia de la iniciación africana, en la que un niño pasa a ser adulto en el corazón del bosque, es una experiencia de separación y de muerte, muerte a la infancia para nacer a la vida adulta. El inicio de esta experiencia está marcado por el dramático momento de desgarramiento solemne. Se trata de la ruptura de los jóvenes para con su pueblo, sus familias, y sobre todo, para con sus respectivas madres, para ser llevado al silencio de la selva, donde se aprenderá a escuchar la voz de los ríos, de las hojas, de las fieras, y sobre todo las voces de su interior y de su corazón, la voz de los antepasados.

El niño será separado de su madre como fue separado de su seno al nacimiento, con el corte del cordón umbilical. Va a pasar a otro estado fetal, en el seno natural del bosque, ruptura vivida como muerte simbólica. En varias tribus, la experiencia se termina pasando un buen tiempo en el seno de una tumba, en el silencio de la tumba. Si la tumba simboliza la muerte, pasar un buen rato en una tumba habla del silencio como un momento de muerte para vivir una vida nueva...

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